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Los mexicanos se organizan en la calle para rescatar su ciudad tras el terremoto

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Personal de rescate bomberos policías soldados y voluntarios remueven los escombros de un edificio derruido para encontrar supervivientes tras el terremoto del martes en México el 19 de septiembre de 2017

Sobran manos para escarbar entre escombros, comida y agua corren en abundancia, lo mismo que medicamentos y equipos de rescate mientras estudiantes universitarios ofrecen sus servicios. Como en el terremoto de 1985, los mexicanos se organizan en las calles al rescate de su ciudad.

Tan pronto se cimbró la tierra a las 13H14 locales (18H14 GMT) del martes y se constataron decenas de edificios colapsados en la capital, los civiles unieron fuerzas y se lanzaron en la búsqueda de sobrevivientes.

A gritos trataban de encontrar señales de vida entre los escombros. Pronto se sumaron los cuerpos entrenados de rescatistas, bomberos, militares y policías.

Hace justo 32 años, ante un gobierno ausente tras un terremoto de 8,1 que dejo más de 10.000 muertos, los mexicanos se organizaron para levantar a la megaurbe de sus ruinas, cambiando la historia social y política.

Y nuevamente, pero codo a codo con autoridades y con apoyo de tecnología del siglo XXI, la ciudadanía acude al rescate.

Héroes anónimos

Este miércoles, en los restos de la escuela primaria Enrique Rebsamen, donde han muerto 21 niños, un civil voluntario, sin entrenamiento alguno, era pieza clave para rescatar a una niña atrapada por más de 24 horas.

Por su tamaño menudo ha podido ingresar por un estrecho canal en la pila de escombros para establecer contacto con la menor y pasarle agua.

Eran miles los que ofrecían sus manos para escarbar, conseguían botes para sacar los escombros en cadena humana, mujeres llevaban alimentos, agua y equipo médico.

Estudiantes universitarios ofrecían sus servicios para atender a heridos, revisar edificios dañados y brindar ayuda psicológica.

“Canta y no llores”

La solidaridad se desbordó y en medios y sitios afectados se exhortaba a dejar de enviar alimentos perecederos y se seleccionaba cuidadosamente a los espontáneos rescatistas.

“La comida se está echando a perder, ya no necesitamos agua. Tenemos una lista de materiales médicos y equipos que necesitamos”, clamaba con un altavoz un militar en la Condesa.

“No te puedo dejar pasar sin casco”, dice un jefe de protección civil a un rescatista. Pero de inmediato consiguió uno y se internó en los escombros.

Cerca de ellos pasa una mujer repartiendo sándwiches a voluntarios mientras otros distribuían agua. Un restaurante cerró sus puertas pero distribuía alimentos gratuitamente.

Por las calles se ven numerosas camionetas con rescatistas o cargadas de ayuda humanitaria y hombres cubiertos de polvo caminaban con chalecos, picos y palas.

En la tragedia no faltaron expresiones de júbilo cuando se conseguía rescatar a algún sobreviviente. Un grupo de voluntarios durante sus traslados entonaba a todo pulmón “canta y no llores” de la popular canción “Cielito lindo”.

Una familia alentaba a los rescatistas portando cartulinas en las que expresaban “gracias por su ayuda” y no faltaron quienes agitaran por las calles la bandera nacional.

La ciudadanía, crítica hacia los militares desde que en 2006 fueron desplegados para combatir al narcotráfico, ahora los reconoce como parte del esfuerzo de rescate.

Hace 32 años

La memoria colectiva dictó los pasos a seguir pues los “chilangos”, como se les llama a los capitalinos, vivieron una tragedia aún mayor con el sismo del 19 de septiembre de 1985, que dejó en ruinas amplios sectores.

Hace 32 años, muchos iban a su trabajo y súbitamente, tanto oficinistas como obreros, se convirtieron en rescatistas improvisados que se metían a edificios de departamentos, hospitales y oficinas en busca de sobrevivientes.

Surgieron los “Topos”, valientes hombres menudos que se metían por estrechos recovecos y que han viajado a todos los continentes para auxiliar ante desastres.

Eran otros tiempos, las comunicaciones colapsaron, México quedó aislado del mundo, no salían ni entraban llamadas telefónicas. El entonces presidente, Miguel de la Madrid, estuvo horas sin aparecer. La ciudadanía se sentía abandonada.

De los escombros de ese terremoto surgió una sociedad civil organizada, convertida en una fuerte voz crítica y se cimentaron las bases de la protección civil en México, sacudido con frecuencia por terremotos y arrasado por huracanes.

“¡Compartan su internet!”

El servicio de mensajería WhatsApp se convirtió el martes en el único canal de comunicación. Sirvió para que los capitalinos supieran de sus seres queridos o para alertar de situaciones de riesgo.

Pero sobre todo se usó para localizar desaparecidos. “¡Compartan su internet en el celular, quiten la contraseña para que se conecte gente atrapada!”, exhortaban en edificios colapsados.

Corresponsales extranjeros enviaron por WhatsApp los pormenores de la tragedia.

En 1985, la prensa extranjera pudo empezar a informar el 20 de septiembre, cuando el mundo pensaba que la capital y sus entonces 10 millones de habitantes habían desaparecido.

“Enviábamos por télex en el club de corresponsales. Había cuatro y solo podías ocuparlos por 10 minutos”, recuerda Omar Torres, fotógrafo de AFP en México, quien ha cubierto los dos mortíferos terremotos.

 

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