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“La guerra sigue”: la amenaza de la guerrilla disidente en Colombia

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“Las FARC están vivas, la guerra continúa”. Aldemar acomoda el fusil de asalto M-16 sobre las rodillas, se cala la gorra verde US Army y dispara advertencias. La paz nunca llegó a esta zona del sureste selvático de Colombia.

Desde que se apartó del proceso de paz que busca extinguir el último conflicto armado de América, Aldemar y los guerrilleros que comanda son cazados por el ejército como disidentes.

“¿Disidencia? No hemos cambiado una coma en la parte ideológica, seguimos siendo revolucionarios que buscan el poder para el pueblo por la vía político-militar”, dice este hombre de 32 años a la AFP en medio de un fuerte aguacero, a orillas del río Inírida, en el departamento de Guaviare.

Aldemar casi nunca baja la mirada, lleva vaqueros y una camiseta de la selección colombiana de fútbol. Es la primera vez que habla con la prensa desde que comenzó la persecución oficial, aunque evita mostrar su rostro ante las cámaras.

Él y cientos de hombres no depusieron los fusiles y siguen llamándose Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Ahora se les ve en pequeños grupos sin camuflados.

“Nos traicionaron”

El grueso de la organización marxista, incluidos 7.000 combatientes, desistió de la fallida lucha armada por el poder y hoy intenta consolidarse como partido de izquierda, pese a los retrasos y dificultades que enfrenta el acuerdo de paz suscrito en noviembre de 2016.

La agrupación -que pasó a llamarse Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común- expulsó en diciembre a los rebeldes que no se plegaron a los acuerdos.

Desde entonces son tratados como grupos armados “residuales” que según autoridades se dedican al narcotráfico, la minería ilegal y el reclutamiento de jóvenes.

“Nos traicionaron”, espeta Aldemar a la cúpula de la que fuera la guerrilla más poderosa y antigua del continente. Y le advierte: “A pesar de ser unos traidores no vamos a atacarlos, siempre y cuando no se conviertan en agentes del Estado y respeten los bienes. En nuestras zonas los trataremos como un partido más”.

Bajo el mando de Aldemar, hombres y mujeres del Frente Primero patrullan a orillas del río con fusiles terciados a la espalda. Colonos que cultivan la hoja de coca los reconocen como las FARC, una autoridad de facto que regula desde el negocio de la droga hasta la vida social.

Cambio de estrategia

En las selvas del Guaviare, la paz no llegó. El ejército va tras los guerrilleros, los campesinos cocaleros se quejan del abandono estatal y el gobierno, presionado por Estados Unidos, intenta acabar por las buenas o las malas con los sembradíos ilegales, que alcanzaban las 6.838 hectáreas en esta zona en 2016 según la ONU.

Colombia volvió a ser el mayor productor mundial de cocaína. Y “nosotros seguimos siendo las FARC, pero la estrategia (militar) cambió, porque los amigos (que negociaron la paz) nos conocen”, dice con sorna Aldemar.

A los llamados disidentes se les atribuye no menos de siete ataques con cuatro muertos y 18 heridos en el último año, incluidos tres policías que murieron en una emboscada el sábado.

Uno de sus líderes rebeldes, Euclides Mora, había sido abatido poco antes. “Entréguense, de lo contrario les espera la cárcel o la tumba”, les advirtió el presidente Juan Manuel Santos.

Aldemar, entretanto, se jacta de las múltiples solicitudes de ingreso que recibe la organización, y desgrana las razones de su rechazo al acuerdo de paz.

“La entrega de armas fue precipitada, se dio antes de que se cumplieran los acuerdos, el paramilitarismo sigue, la doctrina militar (antiguerrillera) no fue cambiada, no hubo negociación con los campesinos cocaleros”.

Aldemar no da cifras, pero sonríe cuando se le pregunta si, como calculan las autoridades, son 400 los que siguen en armas.

“Volveremos a ser un ejército, ya estamos en Guaviare, Guainía, Nariño, Vichada, Vaupés, Caquetá, Chocó, Antioquia”, algunos de los 32 departamentos de Colombia.

Escoltado muy de cerca por otro rebelde cortado al rape como él y armado con un fusil Galil, Aldemar asegura que la guerrilla, de a poco, está recuperando control territorial y analiza si vuelve a los secuestros y nombra una nueva cúpula.

¿Y les interesa negociar? “Si hay un gobierno que nos dé garantías de una salida negociada al conflicto, sin renunciar a las armas antes, podemos pensarlo. Pero ya no será con este gobierno”, que dejará el poder en 2018.

Deja de llover y Aldemar se retira con dos de sus compañeros. Hasta el lugar llega un joven indígena que, según algunos pobladores, busca enrolarse en la guerrilla.

 

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