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La crisis venezolana se agrava y no hay solución a la vista

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La crisis venezolana se agrava. El peligro y las consecuencias para distintos países, también. En los últimos días varias aristas de la tragedia de ese desdichado país se han complicado y agudizado, sin que haya una solución evidente.

La semana pasada se deterioró el frente diplomático, al decidir el gobierno de Nicolás Maduro dar aviso de su retiro de la Organización de Estados Americanos, con un plazo de dos años.

Esto llevará a Venezuela a centrar esfuerzos para romper su aislamiento en organizaciones como la CELAC, dónde esta misma semana quizás Maduro y su canciller despotricarán en general contra los países que han exigido elecciones presidenciales, la liberación de los presos políticos y el restablecimiento de la autonomía del poder legislativo y del órgano electoral. A México le van a tundir. A mucha honra.

En el frente interno, Maduro hizo dos anuncios especialmente fatales, tanto la semana pasada como ésta. Por un lado, proclamó su intención de armar a más de 500,000 milicianos “bolivarianos” con los famosos AK-47 o Kalashnicovs o cuernos de chivo, que Venezuela ha venido recibiendo de Rusia a lo largo del último decenio, y también de una fábrica que los rusos montaron en el propio país andino para asegurar el abasto a largo plazo.

Esto constituye no sólo un golpe al ejército venezolano sino también una amenaza para la población. En cualquier momento, los llamados colectivos se pueden volver milicianos, los milicianos desarmados se pueden armar, y los bolivarianos armados se pueden volver actores protagonistas de una guerra civil entre medio millón de militantes provistos de armas automáticas y una oposición desarmada.

En segundo lugar, Maduro anunció su intención de adaptar y promulgar una nueva constitución, a través de la convocatoria a una asamblea constituyente compuesta por delegados del llamado poder comunal. Ésta es una estructura que creó Chávez después de una de sus varias derrotas electorales para ir sustituyendo en los hechos al poder ejecutivo municipal y departamental, en muchas partes de Venezuela controlado por la oposición.

Se trata de consejos comunales que han desplazado a los alcaldes y a los gobernadores, en ocasiones físicamente desterrándolos de sus sitios de trabajo. La nueva constitución seguramente será de carácter socialista, pero ya no del indescifrable socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez.

Ahora probablemente se tratará sin ambages de un régimen autoritario, expropiador, nacionalista a ultranza, y militarizado. Esa constitución puede llevar también a una guerra civil y a la suspensión de las muy pocas libertades que permanecen intactas en Venezuela.

Ante este panorama aterrador, la comunidad latinoamericana y otros centros de poder como el Vaticano, buscan reactivar viejos mecanismos de mediación, completamente desacreditados e inaceptables para la oposición y para cualquier persona en sus cinco sentidos. No obstante, de la vacuidad de estos esfuerzos no se desprende un esquema alternativo viable y eficaz.

Desde el punto de vista económico, todo sugiere que Maduro le apuesta a un incremento del precio del petróleo, aumento cuyas razones sólo él parece conocer. Su otra tabla de salvación son los préstamos chinos –en realidad compras anticipadas de petróleo– que sí han mantenido a flote a Venezuela, aunque los chinos se exasperen por la tardanza o la inexistencia de las entregas de aceite venezolano. Pero ni los países productores de petróleo ni los chinos pueden realmente influir en Maduro, suponiendo que quisieran hacerlo.

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