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El conflicto en Burundí, África se encrudece hacia una guerra civil

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El conflicto en Burundi (África) suma víctimas poco a poco, escaramuza tras escaramuza. Una de las más sangrientas ocurrió el viernes, cuando un grupo de opositores, reunidos bajo el nombre de Fuerzas Nacionales de Liberación, atacó cuatro cuarteles militares y asesinó a 87 personas. El resto del fin de semana, los burundeses tuvieron que enterrar a sus muertos, de bando y bando, en fosas comunes en Bujumbura, la capital, y sus alrededores. En los últimos meses, de acuerdo con un conteo parcial de Human Rights Watch, han muerto más de 100 personas por la violencia política. En total, más de 300.000 se han desplazado por temor a países vecinos como Uganda, Tanzania y Ruanda.

¿Dónde comienza este conflicto? En abril pasado, numerosos manifestantes de las dos etnias mayoritarias del país (hutus y tutsis) protestaron por la intención del presidente, Pierre Nkurunziza, de lanzarse a un tercer mandato (gobierna desde 2005). Para eso, Nkurunziza modificó la Constitución. Las protestas fueron detenidas, según organismos internacionales, con un uso excesivo de la fuerza: hubo decenas de muertos (no existe una cifra exacta de las víctimas mortales de esta etapa del conflicto). Nkurunziza se posesionó de nuevo como presidente en agosto y, desde entonces, los altercados violentos y las rebatiñas llenas de sevicia se han multiplicado.

El temor principal, de acuerdo con el periodista Jean-Philippe Rémy de Le Monde, es la guerra civil. Desde su fundación como democracia, en 1993, hasta principios de este siglo, las luchas étnicas produjeron 300.000 muertos. A esta sensación constante de tensión étnica se suma una historia política indeseable: en las dos últimas décadas, ha habido cuatro golpes de Estado y tres presidentes asesinados en apenas un año (entre 1993 y 1994). La polarización política ha impulsado también la radicalización de los opositores: muchos se han armado y en los barrios de Bujumbura se oyen con cierta frecuencia las explosiones de las granadas que le lanzan a la policía.

En este conflicto, entonces, no hay ninguna causa defendida de manera plausible. Tanto las fuerzas oficiales, repartidas entre la policía, los militares y el grupo de defensa (financiado por la presidencia) llamado Imbonerakure, como los grupos armados de opositores cobran vidas de civiles y enemigos en un contexto político que carece de control y justicia. Human Rights Watch ha denunciado, además de los ataques de ambos bandos sobre la población civil atemorizada, un manto de silencio inexpugnable: los medios silenciados, la justicia manejada por la presidencia y los opositores arrinconados por la intimidación.

Por un lado, la policía y los Imbonerakure (“los que ven en la lejanía”, según el idioma nacional, el kirundi) son acusados de tomarse barrios enteros para realizar inspecciones legales con fines ilegales: el asesinato de posibles opositores. Desde 2010, los Imbonerakure (conformados por jóvenes menores de 35 años) han sido señalados de cometer asesinatos extrajudiciales, golpizas y maltratos contra opositores y sospechosos de haber atacado a las fuerzas oficiales. Nkurunziza, a pesar de su mandato como presidente y de que las naciones vecinas y la oposición lo han exhortado a pronunciarse en contra de los ataques, ha mantenido un silencio que ha sido interpretado como omisión o, según otros análisis, como un apoyo implícito a sus huestes militares.

La progresión de la violencia alcanzó cierta altura en octubre, cuando alrededor de 26 personas fueron asesinadas en tres distritos de Bujumbura, según testigos, por la policía y jóvenes uniformados que pertenecerían al Imbonerakure. Los dos primeros ataques, realizados el 3 de ese mes, sumaron 16 muertos que, a partir de la reconstrucción que realizó Human Rights Watch, eran sospechosos de haber atacado a las fuerzas de policía en días pasados. Sin embargo, no hubo ningún procedimiento acorde con las leyes (detención y judicialización). Un tercer ataque fue cometido el 13: después de asesinar a un camarógrafo, las fuerzas oficiales ordenaron atar de pies y manos a su mujer, uno de sus sobrinos, dos jóvenes y un guardia. Fueron asesinados con tiros de gracia.

En una de esas redadas oficiales murió Eloi Ndimira, un hombre en condición de discapacidad de 54 años. Según testigos, Ndimira fue obligado a levantar las manos y aplaudir. Como se apoyaba sobre el bastón, era imposible hacerlo. Al poco tiempo, se lo escuchó gritar tres veces. “Quizá fue allí cuando lo acuchillaron —dijo uno de sus vecinos—. (…) Luego escuchamos a uno de ellos (los atacantes) decir: ‘Si hubiera sido yo, le hubiera dado por lo menos 10 tiros’”. El cuerpo de Ndimira, como el de muchos otros burundeses que murieron este fin de semana, fue abandonado en la calle.

Desde la otra orilla, la oposición (liderada por las cabezas de los partidos Frodebu, Leonce Ngendakumana, y el MSD, Alexis Sinduhije) ha impulsado a sus seguidores a defenderse de los ataques de las fuerzas oficiales. Y lo han hecho al pie de la letra: cargados con granadas y palos, los disidentes se enfrentan en las ahuecadas calles de Bujumbura y, azotados por un calor inclemente, cargan contra los camiones de seguridad. El fin de semana murieron ocho policías y soldados, de acuerdo con el coronel Gaspard Baratuza (portavoz de las fuerzas militares), y 21 más quedaron heridos. El director general de la Policía, Godefroid Bizimana (sancionado por la Unión Europea por “minar la democracia”), aseguró en una entrevista reciente que los jóvenes de la oposición utilizan a civiles como “escudos humanos”, los asesinan y luego arrojan sus cuerpos.

El gobierno ha presentado cifras incompletas sobre los sucesos violentos de los últimos meses y Nkurunziza, a pesar de que se ha comprometido a que los asesinatos serán investigados, no ha mostrado resultados tangibles de dichas búsquedas. Los grupos políticos alimentan más la violencia que la justicia. En una declaración pública del 29 de octubre, el presidente del Senado, Révérien Ndikuriyo, dijo: “Díganles (a aquellos opositores armados) que si algo les pasa, no deberían pensar: ‘si hubiera sabido’. (…) El día en que le demos a la gente la orden de ‘trabajar’, todo terminará y ya verán qué pasa”. Ndikuriyo utilizó el verbo trabajar en varias ocasiones durante su discurso.

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